
La vi, en el suelo junto a su cuerpo... presentí que lo había hecho, sabía que lo había hecho...
Hacía mucho tiempo que no pensaba en ello y realmente me atormentó pensar en aquella imagen nuevamente... el psicólogo siempre dijo que tenía que hablar de ése tema, porque reprimirlo no me iba a servir de nada pero, lamentablemente para él, yo era sólo un niño y no lograba interiorizar nada de lo que me decía, sólo asentía con la cabeza como si le comprendiese, mas nunca lo hice... reprimirlo no me servía de nada... la terapia tampoco...
Vi nuevamente a mi madre allí, con las manos llenas de sangre junto a un cuerpo inerte.
Quise pensar en otra cosa, pero lamentablemente ya me había desconcentrado y quien me acompañaba en el lecho también. Es que ella se parecía tanto a mi madre... aunque con ello suene enfermizo pensar que me la llevé a la cama... tenía sus mismos cabellos, su misma sonrisa. Vi a mi compañera sumamente decepcionada, pero ya no había mucho que hacer al respecto. Mientras recogía su ropa de la cama y el piso yo seguía pensando en como podía ser que esas imágenes me hubiesen vuelto a la memoria en un momento tan inoportuno... cuando terminó de recoger las cosas se fue al tocador, con una expresión poco amable en el rostro, pero no la culpo por ello. ¡Nunca me había ocurrido cosa semejante! No sólo dejé a medio terminar un agradable encuentro con Amanda sino que dejé pasar mi única oportunidad en meses de tener una relación sexual. Desde Agosto que no sabía lo que era sentir una mujer en mis brazos... pero ya no valía la pena lamentarse por ello...
Vi que la puerta del baño se abría. Amanda había usado mi ducha (no era la primera vez que estaba en mi casa, pero la verdad hace mucho que no pasaba una noche allí) y salió completamente vestida, con sus tacos rojos que quemaban el suelo tras cada pisada, una toalla en la cabeza y un espejo en la mano. Me miró, con un poco menos de furia esta vez, como si se la hubiese llevado el agua. Caminó hasta la cama y se sentó a mi lado, quitándose la toalla del pelo.
- Me dijiste que hace mucho tiempo que no te metías con nadie, pero me parece que es porque tienes a alguien más en la cabeza... supongo que no debo meterme... no tengo derecho a meterme... aunque parece que la tal “Adriana”, como le llamaste, te tiene bien jodido... ¿no quieres contarme?
- No... – pensaba en lo que diría si le contase que mi mamá se llamaba Adriana, y era en ella en quien pensaba mientras estaba haciéndoselo. Sin duda se hubiera espantado.
- Bueno, como quieras... ya sabes que siempre estoy dispuesta a escucharte... no sería la primera vez que lo hago – miró su reloj y se levantó de la cama – supongo que ya no tengo nada más que hacer aquí, además que el Leandro ya debe haber llegado a la casa y tengo que atenderlo pa’ que no me saque la cresta.
- ¿Te sigue pegando ése maricón?
- No le digai’ así – dijo para luego mirar al suelo – si igual yo no soy una santa. Puede que me saque la cresta una vez a las quinientas cuando llega a la casa cura’o, pero me lo cago como quiero, con eso me conformo... es la venganza perfecta... silenciosa y también inesperada...
- ¿Y tu niño, él también se merece a un padre como ése?
- ¡No te metai’ en eso, querí’! no hablí' de mi hijo. Yo sé lo que hago. Además yo no tengo porqué darte explicaciones... ¡Ya! me aburriste, me voy...
Hubo un gran silencio antes de que se fuera, me dijo un par de cosas más, pero no las recuerdo bien... cosas sin importancia.
Quedé solo en medio del silencio, impregnado del aroma de aquella mujer... vagaba en esa atmósfera pegoteada de deseo malgastado, mientras me seguía lamentando de mi fallido intento de pasar una buena noche. Pero Amanda ya se había marchado y en algún momento tendría que notarlo.
Cabellos rojos, dulce perfume, y aquella sonrisa...
Un nuevo recuerdo inundó mi mente... una sonrisa en el rostro de Adriana, de mi madre, mientras se llevaba un cuchillo a la garganta, con las manos aún ensangrentadas... el cuerpo a su lado, sin vida...
Sacudí mi cabeza intentando apartar aquellas imágenes de mi cabeza, pero mis esfuerzos eran insuficientes...
El olor del cuarto volvió a inundarme, me tranquilizó, me volvió a la realidad... comencé a recordar pequeños trozos de la experiencia de esa noche, pequeñas imágenes... El cabello de Amanda apegado a su húmeda piel, sus labios bajando por mi pecho hasta perderse entre mis piernas, mis manos quitando su ropa a toda prisa... demasiado bueno para aquel final...
Fui al baño y me metí en la ducha, con la esperanza de que eso hiciera que me despejase, aunque al salir de esta no me sentía mejor en lo absoluto. Fui al salón y me senté en el sofá más próximo a la ventana. Mí retórica no es suficiente para describir lo que ocurrió en las siguientes horas... un martirio sin fondo... imágenes entremezcladas, del recuerdo, de sangre y tacones, de piel empapada y miedo... de sensaciones contrapuestas que me llevaron a pensar que no estaba en mi sano juicio... Metido en aquel calvario me encontró el alba. Había permanecido toda la noche en vela. La luz del sol dio de lleno en mi cara puesto que había abierto todas las cortinas de la casa... sentí aquel revitalizante fulgor y me dejé envolver por él, aliviando mi pesar...
Era sábado y las responsabilidades del trabajo semanal ya habían terminado, ahora sólo me quedaba una gran casa vacía. Lamentablemente nunca he servido para estar solo... necesitaba a alguien ahí, conmigo... Si bien Amanda me había dicho que la buscase si la necesitaba creí que no sería conveniente después de lo ocurrido la noche anterior... No tengo amigos ni nadie a quien llamar además que, aunque los tuviera, no se alegrarían de que los llamase tan temprano...
Nuevamente estaba solo... completamente solo...
Cerré las cortinas y volví al cuarto, pero en cuanto vi el desorden del lugar volvieron las imágenes... cabellos rojos, tacones rojos, labios rojos... manos manchadas de rojo, cuchillo rojo, alfombra empapada de rojo... me sentía invadido... ¡alucinación carmesí!
Salí del lugar, fuera de la casa, y corrí lo más lejos que me fue posible, tratando de escapar de aquellos recuerdos que me despedazaban. El cuerpo sin vida junto a mi madre, en una charco de sangre que empapaba la alfombra, mi madre sonriendo mientras se llevaba aquel cuchillo a la garganta... mi madre me miraba, me miraba a mí... luego hendió su piel con el filo del cuchillo y le vi caer... junto a mi padre... aquel que yacía en el piso.
Dejé de huir. Ya había recordado todo lo que había ocurrido en aquella oportunidad... mi madre estaba desesperada porque había encontrado a mi padre con otra mujer aquella noche, habían discutido durante horas, vi a mamá desde mi cuarto abriéndose paso hasta la cocina, trayendo de vuelta consigo el cuchillo que hundió en la garganta de mi padre, vi como caía mientras ella reía nerviosamente. La blanca alfombra quedó empapada con su sangre. Ella estaba como en un trance, sonreía... vi cuando noto mi presencia en el umbral de la puerta, pero siguió sonriendo, me dijo que mi tío sabría cuidarme bien, que él entendería y que algún día yo también lo haría. Se abrió la garganta en un rápido movimiento y se desvaneció rápidamente. Me había quedado parado allí, estupidizado con la escena.
Sabía que aquello había ocurrido, pero por primera vez tenía imágenes de ello... imágenes que ni siquiera sabía que tenía. Pero ¿por qué razón volvían ahora? ¿Por qué me atormentaban ahora?
Miré a mi alrededor y no reconocí el lugar... había sido tanto mi ímpetu por alejarme de mi cuarto que había llegado a una parte de la ciudad que me era desconocida. Toqué el timbre de la única casa que tenía cerca, para preguntar como volver a la propia (ya que con la desesperación me fui corriendo en cualquier dirección). Nadie abría la puerta así que me atreví a golpear.
Un pequeño niño abrió la puerta de la casa y dijo que su papá y su mamá estaban durmiendo y que por más que había intentado despertarlos no habían contestado. Un mal presentimiento me embargó y sin tomar precaución alguna abrí la puerta y me precipité dentro. El niño me siguió, diciendo cosas obvias, como que no debía entrar a la casa, mas nada podía alejar de mi aquella sensación de intranquilidad. Llegué al fondo y observé a mi derecha la puerta abierta del cuarto de los padres del niño.
El niño no estaba paralizado, creía que sus padres dormían, pero yo sí me paralicé al ver nuevamente dos cuerpos tirados en el piso, con las gargantas abiertas, y en el rostro de ella dibujada una sonrisa. La chica de rojos cabellos blandía un cuchillo y, tal como mi madre lo había hecho, se había quitado la vida en frente de su hijo. Mi querida Amanda yacía frente a mí junto a su pareja.