Ya la muerte es mi fiel compañera, me sigue dondequiera que voy. Me espera sola en una esquina a que yo termine mi operación.
La cuerda floja cayendo desde el techo y un último nudo por hacer. La banca, que hasta ella me lleva, me sostiene momentáneamente los pies, mientras ajusto los últimos detalles para terminar.
Una nota abandonada en una mesa. Mil recuerdos que debían de ser escritos en ella, y tan solo dos palabras que salieron del lápiz para ya no derramar más tinta: “Adiós amor”.
Aproximándome otro poco a mi objetivo, tras poner la soga alrededor de mi cuello logro ver a una chica acurrucada a mis pies, rogando que no concrete lo que he planeado. “¡dime tu nombre!” grito sin más. “¡Me llamo esperanza y te vengo a salvar!”Es lo que escucho por toda respuesta. La muerte me mira desde el fondo del lugar, sin inmutarse ante lo que la chiquilla diga, tan sólo asiente con la cabeza y espera a que termine lo que inconcluso estaba dejando.
Ajusto a mi cuello el nudo de la soga, oyendo las miles de excusas que ella ponía en mis oídos, pero ya no hay nada que hacer... el banquillo vuela de una patada y la soga ya tensada presencia el último aliento desprendido de estos labios. Se calma el dolor, se calma el pesar... Ya no hay más...










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